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Hijos del sol (Morris West)

Javier Horno 7 diciembre 2017
Imagen de Hijos del sol (Morris West)

Hijos del sol

(Morris West)

Tener libros en casa tiene compensaciones que no sospechamos por habituales. Ocupan un espacio que hay que reservar, dan fe de sus resistencia a pesar del polvo de los años, y nos brindan esa primera y prometedora lectura de su lomo. La biblioteca que nos acompañó en nuestra infancia nos familiarizó con esos libros amigos. En la casa de mis padres yo la sigo recorriendo con los ojos y haciendo planes de futuro. Hoy me trae aquí con una recomendación especialmente mágica para mí.

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Eran los años sesenta. En muchos jóvenes creyentes había una inquietud por respetar la tradición y, a su vez, atreverse a cambiar los muebles de lugar. Había voces nuevas que demostraban que la fe se podía transmitir de manera no tan explícita. Chesterton, Maurois, Saint-Exupéry, Bernanos… llegaban a España. Autores que, desde el extranjero, con otras expectativas sociales, aportaban un testimonio que podía enriquecer el compromiso cristiano.

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Habría, quiero imaginar, inquietud, temor e ilusión a la vez. Desde luego, no la película gris y absurda que la progresía ha querido pintar. Tengo claro que esa generación de nuestros padres no quiso aleccionarnos. Cometió, si acaso, el error de lo contrario. Los hijos de esa generación conocimos el bienestar sin apenas fisuras y no nos preocupamos de abrir algunos tomos de esos autores (magníficos literatos) de los que no se hablaba en la escuela. Hoy quiero escoger a estos Hijos del sol, esta pequeña obra que durante años ha sido sólo un lomo en vertical con el color desvaído en la biblioteca de mis padres. Es este un libro luminoso. Como metáfora de sí mismo, paso sus hojas de nuevo (porque pide una relectura) y veo que conservan un blanco apenas amarfilado, como si aún reflectara el sol siciliano que ilumina su trama.

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Morris West (1916-1999), conocido sobre todo por Las sandalias del pescador, publicó en los años cincuenta este libro de testimonio; más propiamente dicho, testigo de un testimonio. Es un género peculiar este del testigo, en que un escritor debe poner su prosa al servicio de una causa en la que él no es el principal protagonista. En este caso, el autor se internó en los suburbios de Nápoles y conoció a los scugnizzi, los niños de la calle, escapados de casa o huérfanos.

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West recorre las calles de Nápoles sin esconder su identidad, su repugnancia hacia los efluvios de la suciedad y de la corrupción moral. El retrato está hecho con una agilidad cuidadosa, con una atención al detalle equilibrada, cruda y compasiva a la vez, realista y suficientemente literaria. El libro arranca en el hogar que fundó el padre Borrelli y con naturalidad se retrotrae a la historia dramática de la ciudad: esos niños de la postguerra italiana que se ven obligados a dejar el hogar por las condiciones infrahumanas en que viven. Para conocer, claro está, la calle: el mundo sin techo.

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Invito al lector a que acompañe a Morris West en esta visita turística hecha con realismo y pudor a la vez, porque conserva, a pesar de su crudeza, una luz peculiar. Desde varios puntos de vista. No sólo hace, con una naturalidad dignificante, un retrato de la miseria. Si alguna idea nos puede quedar del autor de Las sandalias del pescador acerca de la jerarquía eclesial, vale la pena, sólo por eso, leer este libro. El discurso anticlerical de una Iglesia acomodada queda aquí superado, porque en pocas obras he visto que se describa de manera tan humana y veraz la realidad de la Iglesia, seguramente extrapolable a cualquier época y lugar. La aventura de Mario Borrelli (qué grande, el padre Borrelli) es real y digna de ser conocida. También en Italia, como en España, tienen bellas historias que contar y sobre las que un olvido inexplicable se cierne.

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El libro está encabezado por una cita de La Venganza, de Edward Young: “Almas de fuego, hijos del sol, / para quienes la venganza es virtud.” Las citas literarias, verdaderamente creativas, son aquellas que continuamente se releen a través de la lectura. Pocos autores las logran. Hay algo despiadado en estas misteriosas palabras pero luminoso a la vez, como ese sol implacable que tuesta la piel de los desfavorecidos. Quiero imaginar que es la luz que buscaron todos esos autores que vivieron el traumático mundo de la Primera o Segunda Guerra Mundial y conservaban la fe sin dejar de pisar la tierra. La que buscaron nuestros padres, a buen seguro; en su biblioteca, si le dedicamos un poco de tiempo, encontraremos pequeñas joyas como esta.

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Javier Horno

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