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El Príncipe Feliz y El gigante egoísta (Cuentos de Oscar Wilde)

Redacción 22 Diciembre 2016

 

El Príncipe Feliz y El gigante egoísta

(Cuentos de Oscar Wilde)

Dos circunstancias me inclinan a referirme a estos cuentos en estos días en que se acerca la Navidad. Uno, la gripe, que obliga a estar encerrado en casa gastando calefacción y con la capacidad lectora mermada; días apropiados para libros de cuentos. La otra circunstancia es que en Navidad es lo propio hablar del amor.

Siempre he tenido la sensación de que es más fácil dar con una novela medianamente buena que con un cuento aceptable. El cuento es junto a la poesía, a mi ver, el género literario en que se da más lugar al esnobismo. Hacer experimentos en pocas páginas o versos cuesta poco. Más de una vez he visto citar una frase de siete palabras del escritor Augusto Monterroso como ejemplo de cuento breve. Lo cual me parece una excentricidad, porque eso no es un cuento, es un acertijo. En el cuento, se para el tiempo. Y para eso se necesita algo de tiempo, algo más que siete palabras.

Otro gran tema a cuenta de la lectura de hoy es la literatura sobre el amor con mayúsculas. Cuando digo aquí amor, me acuerdo de una escritora rusa, Tatiana Goricheva, y su libro titulado Hablar de Dios resulta peligroso. Los occidentales hemos manoseado mucho el nombre de Dios. No es fácil escoger un título si queremos recomendar libros realmente especiales, creaciones que nos hayan dejado con la boca abierta; menos aún que expresen algo de la experiencia religiosa.

El cuento es como un pequeño jardín. El escritor no tiene mucho espacio para combinar flores. El cuento “cuento” debe participar algo de la ingenuidad y la sencillez de la infancia, aunque se dirija también a adultos. Es género dificilísimo, ya que el escritor, en su oficio, es necesariamente adulto: es más fácil parecer absurdo que parecer niño.

Aquí recuerdo a la presentadora Mayra Gómez Kemp, inolvidable en el Sabadabadá, hablando de Oscar Wilde mientras un dibujante, no sé si era Luis de Horna, dibujaba en el transcurso de la conversación. La mano experta de aquel artista, deslizando el rotulador sobre la blancura del papel, iba abriendo el camino a una línea negra que crecía y nos mantenía desconcertados por unos segundos hasta que maravillosamente perfilaba una estatua de un príncipe. Yo entonces me enamoré de aquel Príncipe Feliz:

Querida golondrina (…), me estás contando cosas maravillosas, pero más admirable que ninguna otra cosa es el sufrimiento de los seres humanos.

Mi recomendación de hoy se centra, pues, en sólo estos dos cuentos: El Príncipe Feliz y El gigante egoísta. Naturalmente, animo aquí a que uno se haga con la edición de los cuentos completos de Oscar Wilde1, donde hallará, entre otras narraciones de grandísima calidad, el divertido y lírico Fantasma de Canterville. Pero en lo que a cuentos se refiere éstos a que hago referencia son incomparables. Lo digo porque muchas veces en conversaciones observo que profusos lectores los tienen en mente nada más, asociados a la infancia y tal vez por eso no los leyeron. Incluso desde el punto de vista del cuento para adultos, creo que Oscar Wilde es una referencia palmaria, incontestable. Wilde desborda el marco limitado del cuento, en el que arriesgar con la imaginación parece fácil, siendo en realidad el más difícil todavía.

Nadie se ha atrevido a hablar de lo sagrado como lo hizo Wilde. A fe que esas pocas páginas a que me refiero tienen algo de evangélico: Oscar Wilde escribió como profeta. Cuando nos entre el vértigo de la biblioteca de Babel que hay dispersa por el mundo, de la vanidad multiplicada en billones de páginas escritas, hay que volver a textos como éste para contemplar el milagro de la literatura, que convierte una hoja de papel en algo mágico. No nos pene que no leeremos más que una ínfima parte de esa descomunal biblioteca. Unas pocas páginas bastan para decirlo casi todo.

Y no sé qué más añadir, porque en la lectura hay algo inefable, y en esta más que en la mayoría. A veces, he probado a leer a los alumnos El gigante egoísta o El Príncipe Feliz. Momento mágico, cuando al terminar la última frase el lector mira a los oyentes y escucha un silencio grave que hace que la clase parezca haber despertado de un sueño.

En una edición escolar, con ejercicios para el aula, pude leer una versión edulcorada de El gigante egoísta que me llenó de indignación, porque cambiaban el final. Me decía el profesor de Literatura Ernesto Arellano que los cuentos tradicionales enseñan a los niños a controlar el miedo. Ahora no queremos que se traumen y modificamos los finales. Si en televisión leyeran un cuento cada tarde, un cuento hermoso…, un cuento que bajo el polvo del tiempo alza el vuelo en cuanto la voz lo toca. Si en todos los colegios del mundo se escucharan con reverencia estas fábulas de Oscar Wilde. En ellas dejó para siempre la huella de un corazón iluminado. Querido lector, te ofrezco esta recomendación como felicitación navideña. Feliz Navidad.

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Javier Horno gracia

1En la Colección Austral tienen una excelente traducción de Catalina Montes: Oscar Wilde, Cuentos completos, Espasa Calpe, Madrid 1998.

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Comentarios (1)
  1. LIBERAL SEXUAL says:

    Yo de Oscar Wilde siempre recomiendo De Profundis

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