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Azorín (La ruta de don Quijote. Castilla)

Javier Horno 15 noviembre 2016
Imagen de Azorín  (La ruta de don Quijote. Castilla)

Azorín es, para muchos españoles, un seudónimo muy familiar que nos llega desde los manuales de literatura del bachillerato. Y tal vez recordemos el retrato famoso de un rostro avejentado, de pómulos hundidos y ojos semicerrados. Esa memorización del apodo es, al menos, un último señuelo para que la curiosidad literaria nos interrogue: ¿por qué un determinado escritor ha pasado a los manuales de literatura si apenas nadie habla de él?

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Hay autores que, por diversas circunstancias, no han hecho ruido o no se lo han hecho y quedan, de alguna manera, arrinconados. La embriaguez propagandística no la desearía yo para Azorín como para ningún querido escritor al que los excesos (la ideología es mala consejera literaria) acaban desfigurando. Pero sí estimo que su calidad estética merece algo tan sencillo como un rato de lectura. Un rato en el que, aunque la edición sea la de un viejo libro de bolsillo, el tiempo se detiene; hondamente se detiene. Azorín, como los grandes estetas, penetra en la mirada.

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Azorín describe un paisaje y lo traspasa de alma, apuntando ya a los horizontes azulados de Castilla ya al misticismo de un corral en ruinas. Nada es prosaico. Desde la dedicatoria de La ruta de don Quijote se adivina el logro expresivo por la simple asociación:

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Al gran hidalgo don Silverio, resi-

dente en la noble, vieja, desmoronada

y muy gloriosa villa del Toboso;

poeta autor de un soneto a Dulcinea;

autor también de una sátira terrible

contra los frailes; propietario de una

colmena con una ventanita, por la que

se ve trabajar a las abejas.

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Recuerdo que nuestro profesor de literatura de 3º de bachillerato, D. Juan Ororbia, alababa esa aparente sencillez de su prosa (qué importante es que un profesor te hable como lector), haciendo un reto: “Sí, pero hazlo tú”. Porque no es una simple cuestión de estilo, sino de mirar, mirar el entorno en su hondo orden gramatical: sujeto y predicado; hombre, acción y mundo; hombre, tiempo y sentimiento.

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Tal vez el lector algún día hojeó una obra de José Martínez Ruiz, “Azorín” y la dejó porque le pareció excesivamente descriptiva. Tal vez el lector buscaba una acción, un argumento, una evasión: todo eso también está en las dos obritas que traemos aquí: La ruta de Don Quijote y Castilla. Pero las buenas excursiones necesitan de nuestra paciencia. Azorín empieza sus obras con una sencillez que parece insustancial:

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Yo me acerco a la puerta y grito:

-¡Doña Isabel! ¡Doña Isabel!

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Luego vuelvo a entrar a la estancia y me siento con un gesto de cansancio, de tristeza y de resignación.

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Hay que esperar, porque doña Isabel no llega. Mientras, el autor reflexiona. Y mira su ventana. Y se regala en la contemplación de la luz que transparenta los visillos y que delatan la blancura de las cuartillas de papel. El escritor, aunque muchas veces quiso ser escritor, se siente cansado, triste y resignado, seguramente como el lector se ha sentido alguna vez. Pero el escritor no se abandona. Y escribe.

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Cuando uno acompaña al señor Azorín en su viaje por las tierras manchegas tiene que detener la lectura a cada pocos pasos, los pasos que ha dado sobre las huellas de “los hondos relejes del camino”. El lector quiere ver con sosiego las encinas negras recortadas sobre los eriales pardos, las llanuras infinitas bajo el azul inconmensurable. Y quiere releer esa frase, o respirar el aire de la llanura. Y luego, al entrar en la posada, se detiene un momento en el zaguán, porque hacía tiempo que no veía un patio empedrado de cantos rodados, ni unas paredes encaladas; y se adentra al rato en la casa y le sorprende un recuerdo de la infancia: un hogar en donde arde la cepa. Y el lector desvía la mirada del libro y la lleva a los visillos alumbrados por la luz fría del otoño, y piensa en la belleza y en la suerte de tener en sus manos esta obra deliciosa.

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La prosa de Azorín tiene una suerte de ingenuidad, una profusión de adjetivación modernista mezclada con la austeridad de los páramos en los que se extasía. Su estética es, como las grandes estéticas, un discurso pasado de moda, porque en la literatura no valen las modas. Tanto en La ruta de don Quijote como en Castilla José Martínez Ruiz dejó una lección de lo que es el arte para la vida; irónico casi, a comienzos de un siglo, el XX, en el que se acabará hablando de la deshumanización del arte. En La ruta conocemos personajes esbozados apenas y que se hacen entrañables: el inolvidable don Bernardo, oriundo de Criptana, autor de un himno a Cervantes, es la mejor lección que he leído sobre el inmortal Quijote, sin pretender ser lección. Y ocurre con toda la galería de personajes que contienen estas páginas que el lector, como el escritor, se encariña con ellos con un algo de melancolía.

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En Castilla, ya no un libro de viajes, pero sí un viaje por el arte y los paisajes castellanos, la revelación literaria es igualmente una experiencia vital. No es fácil resucitar a personajes literarios y lograr que se valgan por sí mismos, como hace el escritor alicantino con Calisto y Melibea. Y en esta estrategia de la recreación de escenas (independientes entre sí), desemboca, casi sin querer, en una sugerencia, una percepción, un sentimiento… magistrales por su densidad real. Su interpretación de un retrato de El Greco es sobrecogedora porque parece resucitarlo a nuestros ojos; Azorín no agita las aguas, pero remueve el fondo silenciosa y profusamente. Y, recordando hoy al llorado Leonard Cohen en su admirable discurso en que recogió el Premio Cervantes, hasta para los momentos más amargos hay un deseo de dignidad y de belleza.

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Estos días de mediados de noviembre, perdido ya el espíritu veraniego de la contemplación, siento una añoranza por coger de nuevo el tomo de bolsillo de la Biblioteca Edaf1 de Azorín que encontré, apretado uno más entre los muchos libros acumulados, en la librería de mis padres, como dos joyas guardadas en cajitas humildes. Hoy yo releo estas páginas de La Ruta del famoso hidalgo, del algo olvidado hidalgo, acomodado en un sofá, con el tibio calor de un radiador eléctrico en la tarde fría y luminosa de otoño. Y me siento dichoso, tal vez ingenuamente dichoso; tal vez, presuntuosamente dichoso. Dice Azorín que todas las filosofías del mundo se resumen en esos dos viajeros que llegan a Madrid y uno, andaluz, tiene frío; otro, manchego, no lo tiene. No sé si lo dijo él, pero hoy entiendo mejor que los clásicos, los últimos clásicos somos nosotros, los lectores.

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Javier Horno Gracia

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1Azorín, La ruta de don Quijote. Castilla, Edaf, Madrid, 1977. Edición agotada.

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