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Clave ¡Falla el motor! no la chapa

Daniel Celayeta 12 noviembre 2017 Claves, Noticias, Noticias destacadas
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1.- La Declaración de París iluminó los porqués de los problemas de los países europeos. Fue realizada el pasado mayo por varios pensadores de distintos países europeos y la estudiamos para que nos aclaremos al llevar mucho tiempo sin entender lo que nos ocurre, vivimos desasosegados y confusos por culpa dela globalización y de la fuerte crisis económica. Muchas cosas han sucedido: la numerosa emigración musulmana, los ascensos de los populismos, el Brexit, ahora la DUI catalana, etc.

2.- Los europeos hemos ido perdiendo nuestra identidad primitiva, y nos la están sustituyendo desde arriba por otra en la que la mayoría no creemos. La verdadera Europa afirma la igual dignidad de cada individuo, con independencia de su sexo, clase o raza. El cristianismo revolucionó las relaciones entre hombres y mujeres, dando valor al amor y a la fidelidad mutua de un modo sin precedentes. El matrimonio dio sentido a la mayoría de los sacrificios que hacemos por el bien del otro cónyuge y el de nuestros hijos. Europa siempre tuvo presente la tradición clásica, nos reconocemos en la literatura de las antiguas Grecia y Roma. Como europeos, luchamos por la excelencia, el culmen de las virtudes clásicas. Todo esto hoy se está desvaneciendo.

3.- Muchos de los actuales mandamases europeos reniegan y abominan de nuestro pasado. Nos ofrecen un “falso progreso” centrado en temas económicos presentándolos como inevitables. Decretan que han acabado los estados nación y nos anuncian un mundo post-nacional. Repudian las raíces cristianas de Europa y al mismo tiempo muestran un enorme cuidado en no ofender a los musulmanes. Sabemos que la amenaza real de Europa no proviene ni de los rusos ni de la inmigración musulmana. El verdadero peligro es la asfixiante presión que ejercen para meternos desde arriba su “idea de Europa” que no responde a la trayectoria ni a los sentimientos de la mayoría social, quieren dominar a los antiguos países del este que se rebelan contra estos planes.

4.- La economía de libre mercado tiene muchos aspectos positivos, pero las ideologías que tratan de someterlo todo a la lógica del mercado son excesivas. No podemos permitir que todo esté en venta. El buen funcionamiento de los mercados requiere el imperio de la ley y nuestras leyes no deberían limitarse a vigilar la mera eficiencia económica. El crecimiento económico, que es beneficioso, no es el bien más alto. Los mercados necesitan ser orientados hacia fines sociales.

5.- La Europa oficial se jacta de un compromiso sin precedentes con la libertad humana. Se presentan como representantes de la liberación de todas las restricciones: libertad sexual, libertad de expresión, libertad de “ser uno mismo”, apoyando el multiculturalismo, etc. Para los jóvenes esta realidad es mucho menos dorada, por la precariedad laboral, por el hedonismo libertino que lleva a menudo al hastío. El vínculo del matrimonio se ha debilitado. Nuestras sociedades parecen estar cayendo en el individualismo, el aislamiento y la falta de sentido. En vez de libertad, estamos condenados a una cultura guiada por el consumo y los medios de comunicación. Este vacío se pretende llenar con redes sociales, turismo barato, droga y pornografía.

6.- Vivimos en un igualitarismo exagerado y de la reducción de la sabiduría a tan solo conocimientos técnicos. Nadie quiere renunciar a los logros políticos de la era moderna de que todo hombre y mujer deben tener igual voto. Los derechos básicos deben de ser protegidos. Pero una sana democracia requiere jerarquías sociales y culturales que animen la búsqueda de la excelencia y honren a aquellos que sirven al bien común. Europa necesita renovar un consenso sobre la cultura moral de modo que el pueblo pueda ser guiado hacia una vida virtuosa.

7.- Tenemos que perdonar las debilidades humanas, pero no debemos renunciar a una conducta recta ni a la búsqueda de la excelencia humana. Una cultura de la dignidad fluye de la decencia y de la asunción de los deberes de cada etapa de la vida. Necesitamos renovar el intercambio de respeto entre las clases sociales que caracterizan a una sociedad que valora las contribuciones de todos. Debemos restaurar la cultura moral.

8.- Nuestra vida está regulada hasta en sus mínimos detalles. Soportamos un exceso de normas, a menudo confeccionadas por tecnócratas sin rostro desde centros de poder lejanos, coordinados con poderosos interesesque gobiernan nuestras relaciones laborales, nuestras decisiones empresariales, nuestras calificaciones educativas, nuestros medios de comunicación y entretenimiento. Todo esto produce la añoranza por lo cercano, por lo genuino de ahí el resurgimiento de los nacionalismos y de los populismos. Éstos producen una gran ansiedad por sus lemas simplistas y por sus continuas apelaciones emotivas que dividen. Pero que en cierta medida representan una rebelión contra la dictadura del status quo y lo hacen con cierta razón.

9.- La verdadera Europa es una comunidad de naciones, con sus lenguas y tradiciones, donde reconocemos nuestro parentesco común, incluso cuando hemos estado en desacuerdo o nos hemos enfrentado en guerras. Esta unidad en la diversidad nos parece natural. El estado-nación prevaleció como la forma política que une personalidad con soberanía. De este modo el estado-nación se convirtió en el distintivo de la civilización europea, y que no debe desaparecer, deben encajarse en círculos concéntricos donde compartamos competencias e identidades.

10.- Tanto el PSOE como el PP se limitan a pensar que se solventarán los problemas de fondo con nuestros pequeños separatismos con más Europa, sin importarles la dirección en que avanza Europa. Lo cierto y verdad es que necesitamos más Europa en la dirección de no machacar a los Estados Nación y sin olvidarnos de los que fuimos para que nos ilumine el camino siempre nuevo del futuro próximo. No olvidemos que por ser españoles somos europeos. Amamos a España y buscamos entregar a nuestros hijos todo lo noble que hemos recibido como patrimonio. Como europeos también compartimos una herencia común y esta herencia nos exige vivir juntos en paz como en una Europa de las naciones, no la de la burocracia bruselense.

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