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Guerra

Ander Saint John Philby 24 octubre 2017 Opinión

El destino natural de cualquier nacionalismo es la guerra. Esta tendrá lugar en un plazo de dos años o en uno de ciento cincuenta, dependiendo de circunstancias como la magnitud de sus recursos, la fortaleza de sus oponentes o el clima moral imperante en la sociedad que socave. Pero llegará. No es una probabilidad que dependa –por ejemplo- del grado de tolerancia hacia las minorías o de la vecindad de un nacionalismo rival. No. El nacionalismo provocará guerras tanto con sistemas dictatoriales como en sociedades democráticas. Da igual que se ceda dócilmente a sus demandas o que se muestre la máxima intransigencia ante las más moderadas de ellas. Sea desde una posición de fuerza o desde la debilidad, el nacionalismo alimentará la lógica del enfrentamiento con el otro. Durante algún tiempo podrá tratarse de un enfrentamiento civilizado, comedido, esencialmente retórico. Pero a la larga será una búsqueda abierta del exterminio.

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Todo esto no tiene nada que ver con la catadura moral ni el talante de los nacionalistas en tanto individuos. Es la propia lógica de su “fe” la que convertirá en un monstruo a la persona más dulce y bienintencionada. Aquella dicta que el ser del individuo está en su pertenencia a una nación. Esta le asegura la inmortalidad a través de su permanencia. La nación, a su vez, se define por su oposición a un enemigo. Ser alemán es lo contrario de ser francés; ser vasco lo contrario de ser español, etc. Se trata de lo que desde la Begriffsgeschichte se llaman “contraconceptos asimétricos”: el griego no recibe su ser de las danzas de su país, ni de las montañas, sino de su aversión irreconciliable hacia el bárbaro. Por eso, si este cambia, si altera sus rasgos o incluso si adopta algunos elementos propios de los griegos, estos últimos, para seguir siendo griegos, no tienen más salida que abandonarlos. Parecerse a los bárbaros equivaldría a emprender el camino que conduce a la desaparición.

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Como se habrá intuido, es aquí donde reside el quid de la permanente insatisfacción de los nacionalismos. Sólo se sienten confirmados con el enfrentamiento. Quien cede ante ellos, con la esperanza de calmarlos o de hacer evidente ante sus ojos su ausencia de fundamentos, yerra por completo. Al ceder, al asimilarse, al intentar limar las diferencias con los helenos, el bárbaro consigue que los nacionalistas se sientan más y más amenazados. “No quieren parecerse a ti, pobre bárbaro, quieren ser tus antagonistas, porque si no, no les quedaría otra cosa que ser. Aunque busques la paz, ellos necesitan hacerte la guerra.”

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En efecto. A quien quiere a toda costa ser lo contrario de su vecino, no le basta con conseguir unos privilegios, ni siquiera con trazar una frontera. Un odio que no se expresara de manera virulenta sería un odio comedido, un sentimiento inauténtico, indigno de ser tomado en serio. Si la memoria histórica de la tribu narra las batallas contra esos vecinos que son la antítesis de lo que somos, todo tiempo que no sea cruento supone un tiempo muerto, una amenaza, incluso. Por eso cada generación que no consuma la matanza de los bárbaros representa un oprobio y un desafío para sus vástagos. El odio no liberado de los padres nacionalistas instiga el odio de los hijos.

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Cuanto más muerte se consiga añadir, más cierta parecerá la antítesis entre el griego y el extranjero (y en rigor, así será, porque sin duda, como las actividades de cualquier grupo terrorista confirman, nada certifica tanto la diferencia respecto al vecino como las masacres. Los muertos crean rencores muy duraderos, mares de desconfianza que dividen y aíslan para siempre a quienes un día pudieron ser hermanos). La identidad a la que aspira el nacionalismo, en definitiva, exige que esta llegue a expresarse por medio de la mayor brutalidad, del exterminio o, por lo menos, de la erradicación política del bárbaro. Al lector puede suscitársele la duda de si una guerra así no provocaría también, paradójicamente, la crisis del nacionalismo, por medio de la desaparición del antagonista del “heleno” y, por lo tanto, también de este último. Y así sucede, ciertamente. Sigfrido sólo encuentra la paz cuando Alemania es –prácticamente- un territorio judenfrei; España y Colombia sólo consiguen ser países hermanos cuando los últimos realistas han desaparecido, y los Estados Unidos solo romantizan a sus pieles rojas después de Little Big Horn.

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También en España, el nacionalismo nos llevará a la guerra. En Cataluña, en el País Vasco, en Navarra. Si no es en unos meses, será dentro de unos años. Cuando los niños de Calella, de todas las Calellas de España, esos niños a los que se les ha pedido pintar las masacres perpetradas por la guardia civil el 1-O, crezcan y, si no, cuando lo hagan sus hijos. Da igual que parezca moderarse, da igual que se ceda. Cuanto objetivamente menos identidad les quede, más profundamente necesitarán cavar las trincheras.

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Una vez hemos tomado conciencia del carácter inevitable de las guerras que vienen, debemos empezar a prepararnos para ellas. Material y anímicamente. La guerra es una ruptura de la convivencia. Exige que haya quienes estén dispuestos a actuar en una situación de ausencia de reglas y a vivir con las consecuencias. No es nada fácil. Lo normal es sentir repugnancia ante esa perspectiva. Pero me temo que no nos queda otra opción y que el precio de no prepararnos será ser derrotados y desaparecer de buena parte de nuestro territorio.

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