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Clave: Demasiada vaciedad líquida

Daniel Celayeta 11 Junio 2017 Claves, Noticias
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Suceden tantos acontecimientos que apenas tenemos tiempo para la reflexión. Varios partidos aparentemente muy consolidados y de larga trayectoria histórica están prácticamente desapareciendo. Léase antes la Democracia Cristiana italiana o ahora el del cadáver todavía caliente del Partido Socialista francés.

Tanto los populismos de derecha como de izquierda tienen la frescura de enfrentarse a lo establecido, de señalar muchos los fallos del sistema pero adolecen de temple necesario para crear alternativas reales ante el mundialismo globalizador de los poderosos de la tierra, que apoyados por unas izquierdas radicalizadas en lo sexual, han cambiado de paradigma en occidente después de la caída del Muro de Berlín.

Hoy casi todo se concibe desde el punto de vista del deseo, así qué observamos que debajo de la desmedida especulación financiera o de la generalización de la corrupción está la pulsión de una fuerte adicción al dinero. Por no decir que existe una fuerte adicción al sexo, como también a las drogas de todo tipo. Alejados de la cultural tradicional tenemos una sociedad cada vez más centrada en fuertes adicciones, cuyo motor esencial es el deseo.

Ahora que entramos en la época de Fiestas, vemos como el ocio y la diversión, se han multiplicado –ya casi todo el año es carnaval-, y han liquidado en gran medida su dimensión de perfeccionamiento humano, su sentido de celebrar las cosas después del trabajo duro de la cosecha, su sentido religioso de celebración en honor del patrono, etc.. para reducirse a una mera evasión, es el ocio como destrucción del tiempo.

La desaparición de la tradición, o su reducción a actividades lúdicas de consumo, ha generado esa multitud de ciudadanos aislados que se sienten casi extranjeros en su propio espacio vital, porque viven cada vez más en un tiempo vacío de significados. Parece como si la participación festera ya no tiene como fin celebrar el presente, sino evadirlo. El ocio se transforma así, no en una posibilidad de perfeccionamiento humano sino en la búsqueda de sensaciones que nos evadan de la realidad.

Una vez destruida la idea marxista clásica y atascado el desarrollo del estado del bienestar por la imposibilidad de mayor endeudamiento, llegó la crisis de la socialdemocracia europea. Ahora vemos como desde los nuevos postulados de las izquierdas, el capitalismo ha sido substituido por el patriarcado, la burguesía por el hombre, y la clase obrera por la mujer explotada y los homosexuales. Las izquierdas están utilizado como sucedáneo de su identidad, la ideología de género y su derivada, el homosexualismo político, que ahora se extiende hacia el de otras pretendidas identidades, como la transexualidad. De momento no les va mal, por el fuerte apoyo con el que cuentan, y la tontuna del centro derecha que está pasivo y descolocado.

Pero es que incluso la izquierda postmoderna, a pesar de declarase antiliberal y anticapitalista, ha asumido su caballo de Troya al colocar la ideología de género como interpretación del presente y de la historia, un sucedáneo del marxismo ligado a la liberación sexual del 68. Todo lo anterior unido a múltiples dosis de buenismo, de multiculturalismo, etc., nos dejan inermes ante la lucha contra el terrorismo yihadista, así que sorprende el comportamiento –antes normal, hoy extraordinario- de Ignacio Echeverría que con su tabla de patinar en Londres, se enfrentó a los asesinos. Hay esperanza.

Nuestras nuevas izquierdas, pretendidamente transformadoras se convierten en agentes que actúan como meros distribuidores de “mas subsidios, mas renta universal, marcados por la lógica de las ONG” y así encubren su incapacidad de transformar las relaciones de producción, acudiendo, como la decrépita socialdemocracia a la perspectiva de género como nuevo discurso “revolucionario”. Eso sí los grandes poderes económicos a su bola siguen intocados y las izquierdas con sus entretenimientos subvencionados, así que de momento todos contentos. Aunque todos los demás paguemos la cuenta a tanto dispendio progre ¡Que País!

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