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Un ‘efecto Trump’ sin Trump

Vidal Arranz 17 Marzo 2017 Opinión

Por decirlo de un modo gráfico, fácil de entender, las provocaciones de Trump hubieran tenido poco recorrido en la España de los 80, en la que no hubieran podido competir con Javier Gurruchaga o Las Vulpes.

La organización Hazteoír ha logrado un ‘efecto Trump’ sin Trump. Es decir, ha logrado, como el presidente norteamericano, que las críticas furibundas desatadas contra su autobús se volvieran como un bumerán contra quienes las lanzaban, generando efectos inesperados y sorprendentes. Y así, la muy sospechosa unanimidad de medios, clase política y opinadores, volcados todos con la pretensión de matar el debate (porque sobre este asunto, dicen, no hay nada que discutir y la opinión de la organización católica es sólo una excrecencia ‘ultra’), tan sólo ha servido para poner de manifiesto que sí hay debate. Al público general no le habrán llegado las razones de fondo, seguramente, opacadas por un mar de descalificaciones y prejuicios. Pero la ilusión de que éste era un asunto indiscutible se ha roto. La tela de araña que nos envuelve ha sufrido un desgarrón. La aparición de una grieta ha dejado ver que el espacio que parecía diáfano estaba en realidad taponado por un muro de cristal.

Probablemente convenga explicar un poco mejor en qué consiste ese ‘efecto Trump’ del que hablamos, y situarlo en su contexto. A este respecto, lo primero que hay que decir es que, para que pueda producirse un efecto rebote como el descrito, hace falta un escenario de apariencia de libertad en el que, de facto, existan severas restricciones a lo que puede ser dicho, escrito o pensado. Por decirlo de un modo gráfico, fácil de entender, las provocaciones de Trump hubieran tenido poco recorrido en la España de los 80, en la que no hubieran podido competir con Javier Gurruchaga o Las Vulpes. En cambio, la España de hoy presenta ya un humus en el que puede prender, como ha demostrado el caso Hazteoír.

La referencia a un escenario de apariencia de libertad que luego resulta no ser tanta se ajusta como un guante a la tiranía de la corrección política que sufrimos actualmente. En ella, los medios asumen que hay parcelas de la realidad en las que deben mirar para otro lado, sacrificando su función primordial de búsqueda de la verdad, y de contar lo que ocurre, en nombre de una causa superior. Y así, aceptan que no deben informar sobre delitos o incidentes que protagonizan minorías, para no estigmatizarlas; y firman códigos éticos que les impiden indagar sobre las posibles causas de los asesinatos de mujeres, pues el culpable está ya decidido de antemano -el machismo o el heteropatriarcado, según se prefiera la versión soft o hard de la cuestión- y plantear cualquier otra reflexión no haría sino mancillar todavía más la dignidad de las víctimas. En cambio, en las ocasiones (menores en número, pero bien reales) en las que la agresora es una mujer y el muerto un varón sí será conveniente tomar en consideración las posibles motivaciones de la asesina. En estos casos puede incluso haber causas que expliquen y legitimen un crimen.

Asimismo, los medios asumen que hay preguntas que no se deben hacer (por ejemplo, ¿cómo puede ser la identidad de género a la vez innata y autoconstruida? ¿Dónde hay más odio, en quien expone una posición sin atacar directamente a nadie o en quien le ataca a él con un barrizal de descalificaciones?). De igual modo asumen que la realidad debe ser marcada conforme a unos códigos morales para evitar la confusión del lector y ayudarle a discernir quienes son los buenos y los malos. Para ese cometido sirven adjetivos como racista, machista, xenófobo, ultraderecha, o, en el caso del autobús, ultracatólicos; adjetivos que hace tiempo que dejaron de servir para describir una realidad fáctica y que han terminado convertidos en estrellas de David con las que marcar al enemigo y aislarlo civilmente, para que nadie ose respaldarlo, comprenderlo, o ayudarlo.

Todo esto, claro, conduce a una gran ficción; a una gigantesca burbuja con una hermosa apariencia de beatífica bondad y un siniestro fondo de injusticia y mentira. Conduce a un mundo cada vez más relativista y orwelliano, en el que a cada vez más personas les parece razonable pensar que dos más dos pueden ser, en determinadas ocasiones, cinco. O tres. (Lo estamos viendo en Cataluña con la discusión pública sobre cuánta ley debe aplicarse para frenar el proyecto separatista). Un mundo en el que aquellos que se atreven a decir que no, que dos más dos son cuatro, son vistos como unos intolerantes y terribles fascistas.

Contra esta burbuja es casi imposible luchar desde los códigos convencionales de la corrección, la mesura y el equilibrio, pues las cartas de la partida están marcadas, y así como unos pueden ametrallar a sus rivales al amanecer con palabras bomba criminalizadoras, sin que nadie se extrañe, los rebeldes están deslegitimados para ese juego. El único modo de zafarse de la tela de araña es romper el tablero. En el caso concreto de Trump ello implicó desmarcarse de las reglas de la formalidad, buen gusto y comedimiento, y apostar por la claridad, el exceso y la provocación, incluso el exabrupto.

Todo apunta a que el candidato norteamericano lo hizo de forma consciente. Ofrecía a sus rivales la carnaza de ideas o afirmaciones provocadoras, supuestamente intolerables, que sus enemigos se entregaban con desmesurado placer a fustigar moralmente en la plaza pública. Pero el cebo tenía trampa porque esas afirmaciones, aunque a veces expresadas en forma premeditadamente tosca, iban dirigidas a un público que las reconocía como esencialmente verdaderas. La provocación sólo era vista como tal por quienes miraban con los anteojos de la corrección política; los demás no veían motivo de escándalo, y la desmesura de las críticas les desconcertaba y alarmaba. De este modo se abría una brecha creciente entre la unanimidad de la prensa y el establishment y la percepción de esa base social, de ese electorado al que Trump quería llegar. Y al que llegó con la paradójica colaboración de unos medios que no entendían cómo podía alguien tomarse en serio unos mensajes que ellos se habían tomado la molestia de retorcer concienzudamente, ridiculizar, desautorizar (a veces incluso con muy buenas razones) deslegitimar y someter a todo tipo de burlas, descalificaciones, exageraciones o invectivas. Todo, por supuesto, en nombre del bien superior que guiaba sus actos: proteger al mundo de la amenaza de semejante monstruo.

La ocurrido con el autobús de Hazteoír guarda muy notables similitudes con todo lo descrito hasta ahora, aunque da la impresión de que este ‘efecto Trump sin Trump’ ha sido menos premeditado, y más fruto del azar. El caso es que, fuera de forma consciente, o fruto sólo de la intención de contraponerse en espejo a la campaña navarra, el lema elegido por el autobús naranja era un acierto pleno desde la perspectiva que venimos describiendo. Por un lado, enunciaba una verdad rotunda y evidente para muchos (los niños tienen pene, las niñas tienen vulva), pero que, al presentarse como una negación del subjetivismo y relativismo dominante, fue inmediatamente vista como un ejercicio de intolerancia, e incluso de odio. Y dado que las reglas previas de la corrección política dictan que los supuestos mensajes de odio, incluso si no lo son, deben ser perseguidos y expulsados de la vida pública, la reacción fue inmediata: detener el autobús y prohibirle circular.

De este modo se han abierto tres notables brechas en la burbuja de corrección política que nos rodea. La primera, la más frágil, pero la más importante a largo plazo, es el estupor de quienes han visto, en silencio, y privados de presencia en el escaparate público, cómo su convicción inapelable de que dos y dos son cuatro era ridiculizada y criminalizada. Esa brecha sólo fructificará si es posible alimentarla con nuevas evidencias del desajuste entre la realidad oficial y las convicciones y creencias de una parte importante de la ciudadanía, lo que no será fácil, porque Hazteoír no es Donald Trump. Al empresario americano los medios no tenían más remedio que prestarle atención, por su condición de candidato, pero en este caso podrían optar por intentar ignorar las actuaciones de Hazteoír (o de cualquier otro grupo que intente jugar este juego) si descubren que convertirlas en motivo de escándalo y burla puede ser un modo indirecto de difundirlas y de atizar debates que, hasta ahora al menos, se han negado a tratar con honestidad y con verdadera pluralidad.

La segunda brecha es la que se ha abierto en el flanco de la libertad. Y ésta va a ser más difícil de sellar. La abrumadora mayoría de los lectores digitales de El País (y en modo similar en otros medios) apostó por el derecho del autobús a circular, desmarcándose de los discursos oficiales. Pese a que la pregunta del periódico calificaba la campaña como transfóbica, o contra la transexualidad, el 84,28% de los lectores votantes (sobre un total de 24.263 respuestas en el momento de consultar los últimos datos el pasado martes) se pronunciaban contra la prohibición del autobús, en nombre de la libertad de expresión. En línea con esto algunos editoriales de prensa, y artículos de opinión se han visto obligados a admitir que, aunque la campaña les parezca “repugnante”, “hiriente” o “deleznable”, entre otros epítetos, está amparada por la libertad de opinión. Y otros analistas han intuido que lo ocurrido les ha dejado en una incómoda posición de debilidad argumental a la que no están acostumbrados.

Finalmente, la tercera grieta afecta al escudo protector de la legitimidad. La virulencia de las reacciones suscitadas por el autobús es sólo una muestra light, por ahora, de un fenómeno que tiene muchas más manifestaciones y ramificaciones. La agresividad anti taurina ya ha sembrado el campo del buenismo con contundentes argumentos para la suspicacia y el recelo. Por no hablar de las actuaciones de boicot contra la libertad de expresión, entre las que cabe destacar (más allá del muy conocido escrache a Juan Luis Cebrián y a Felipe González) los más constantes, y silenciados, sabotajes contra Alicia Rubio y su libro ‘Cuando nos prohibieron ser mujeres y os persiguieron por ser hombres’. Hasta donde yo sé no ha logrado que ninguno de los actos convocados, o a los que había sido invitada, llegara a celebrarse en condiciones. Pero a nadie le ha preocupado.

Con todo, la expresión más depurada de la gran contradicción la ofreció Estados Unidos, hace unas semanas, en la muy progre Universidad de Berkeley. Allí, un numeroso grupo de presuntos combatientes contra los “discursos del odio” boicoteó de forma contundentemente violenta una conferencia del ‘gay fatal’ Milo Yiannopoulos, iconoclasta provocador, partidario de Donald Trump. Lo más sorprendente fue ver cómo las autoridades académicas respaldaron sin dudar el sabotaje, incluso cuando ya había constancia de agresiones a personas, y únicamente se desmarcaron alarmadas cuando los justicieros se excedieron en su entusiasmo y la protesta se transformó en una formidable furia de vandalismo, con aparatosa quema de mobiliario incluida.

De nuevo en evidencia la gran ficción. En nombre del respeto al diferente se calla la boca al diferente. Y en nombre del rechazo al odio que supuestamente anida en las palabras del otro, se desata la furia de la destrucción y la agresión física, incluso recurriendo a la ayuda del fuego purificador. Ver a los supuestos enemigos del odio con los ojos inyectados de odio es una imagen muy poco estimulante que los medios procuran ahorrarnos.

 

 

 

Fuente:

http://gaceta.es/noticias/efecto-trump-trump-15032017-1513

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